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martes, 17 de enero de 2012

¿Somos anarquistas o reyes?

Desde hace muchos años me he preguntado sobre el supuesto carácter típicamente español. Años de oír decir que somos diferentes hacen su efecto. Cuando leí, con motivo de la Guerra Civil española, que el verdadero problema de España era que todo el mundo era anarquista, que todo el mundo "iba por libre", que había veintitrés millones de partidos políticos (tantos como habitantes) creo que al inicio de uno de los libros de los historiadores anglosajones de los denominados de los "big five", los cinco grandes, quizás Hugh Thomas, se me avivó la idea y la inquietud que me genera. Pensé y repensé no sólo en aquellos aciagos momentos sino en mi infancia y juventud. Pensé en mí y en las personas que había ido conociendo a lo largo del tiempo. Intenté comparar de forma ordenada y sistemática mis vivencias españolas con el tiempo que viví en Inglaterra. Pero sinceramente no llego a ninguna conclusión digna de ser contada más allá de la falta de lo que llamamos "desarrollo humano", concepto complejo, polémico y que no sé si es tan sencillo como parece.
De cualquier manera cada cierto tiempo me asalta la duda. A veces he llegado a tener serias disquisiciones interiores en lugares, situaciones o con colectivos contradictorios. Se me plantean dudas en la vida cotidiana, en los trabajos, al leer, al escuchar, al hablar...cuando viajo y cuando estoy en pequeños o medianos pueblos o ciudades.
Una vez, hace ya unos años, mis hijos estaban jugando con un balón en un camino público en el campo a varios kilómetros del pequeño casco urbano. El tráfico era nulo y pasó por allí un hombre mayor andando que se enfadó por que no era sitio para esos juegos. Otra vez en una calle de un pueblo manchego iba conduciendo y me paró un policía municipal y me preguntó que dónde iba. Le comuniqué mi destino, que era atravesar el casco urbano para ir al pueblo vecino y me amonestó por que esa calle no era para "eso", para "eso" estaba la circunvalación y me dejaba seguir por que había mucho tráfico y lo entorpecería dando la vuelta. Curiosamente en ese pueblo los fines de semana ponían unas señales de tráfico no homologadas cortando el tráfico sin el menor rigor.Voy conduciendo despacio por una calle de un pueblo y a diario me aparto para que los peatones, de todas las edades y condiciones no tengan que abandonar el centro de la calzada. Algunos de los viandantes son conductores y no son tan pacientes como yo. Me vienen a la memoria los recuerdos de la "mili", el servicio militar obligatorio. Años ochenta del siglo XX. Colas impresionantes por la tarde en el llamado "Hogar del soldado", osea el bar, para comprar la muñeca, los bocadillos y los botellines de cerveza. Colas inmensas en las cabinas telefónicas:
-Mama, fatal, se come fatal...
Y yo alucinaba por que la comida estaba bien y la gente no sabía lo que decía...y sobre todo pensaba que intranquilizaban a sus familias.
 En fin, los casos que podría contar supongo que son tantos como los de cualquier otra persona que haya prestado atención.
Ahora me vuelven a surgir las dudas por cuestiones puramente cotidianas. Cuando cruzo un paso de cebra a pie o conduciendo, cuando espero el autobús, cuando voy a la compra, cuando estoy trabajando en mi colegio o en la universidad...en el 15-M, en Equo, en la CNT, en los grupos ecologistas, en el Rastro de Madrid, en los foros de internet, en las llamadas redes sociales, en mis trabajos...
Pienso en los chicos de seis y siete años y en los alumnos de la Facultad de Educación -futuros profesores y profesoras- o en los alumnos del Máster en Profesorado, ya licenciados...y siempre veo lo mismo. Veo lo mismo que cuando me miro al espejo interior y analizo suficientemente frío. Veo lo mismo en todas partes pero el ejemplo del paso de cebra en el que hay sólo un peatón o en el que hay tantos que éstos no respetan el turno de los conductores es suficientemente elocuente. A veces el peatón que cruza sin respetar el razonable momento del coche quizás se dirije al suyo para efectuar el mismo trayecto...
Los chicos y los grandes tenemos, en general, esas tendencias de egoísmo pero lo que me queda claro es que no todos sentimos igual y sobre todo, gracias al aprendizaje, al razonamiento, a la repetición, a la Educación, a la autocrítica todos podemos ser capaces de respetar hasta en los detalles más nimios. La cultura popular está cargada de sabiduría, como siempre. Refranes, dichos, anécdotas, cuentos, relatos...nos hablan de estas situaciones. Yo no creo que España sea más diferente que Francia o Inglaterra. Creo que nos queda mucho por aprender y tenemos, en la misma medida, mucho que enseñar. Pero aquí, desde luego, más que anarquistas hay reyes y reinas por doquier y vaya el burro por delante para que no se espante.